Caso.1. ¿Cuándo podré llamarte “mamá”?

Comencemos con Damián (no es su verdadero nombre), veintiún años, estudiante de inglés para sacarse la ESO. ¡Dios mío! ¡Qué dolor de cabeza me transmitían entre él y todos sus compañeros…!.

“No sois tontos, sois unos p… vagos!, terminaba diciéndoles al final de las últimas clases. Por la expresión de sus caras, deducía que ya no se trataba de la reverberación insistente: “hijo eres tonto y no llegarás a ningún sitio…”.

Como siempre, presentía que detrás de cada uno de ellos, se escondía una historia. Unos, cada día con un modelito nuevo, a pesar de la falta de pagos en la formación; otros, su falta de seguridad en lo aprendido y transmitido por su inseguridad en sí mismo, que, en definitiva y por contradictorio que pareciera, era la unión de todo el grupo. Por más que lo intenté, no sabían lo que era trabajar en equipo; su individualidad estaba acogida al último pelo de su piel cual garrapata se aferra a su único alimento: la sangre. Y eso es justamente, lo que se me encendía. Hasta tal punto, que un viernes por la noche, no pude cenar. No entendía, porqué la educación de estos “niños” estaba tan arraigada en la individualidad, desapego y desánimo por todo.

Hasta que una noche, vino él. Estando solos, le pregunté porqué había faltado a tantas clases. Y conseguí que hablara, a pesar de su enorme timidez y falta de vocabulario. Quizás, durante mucho, mucho tiempo no había intercambiado ninguna experiencia interna con nadie.

“Mi padre murió con cinco años”, me dijo. Y lo demás, solo tengo que deciros que tuve que apartar la mirada, porque mis ojos se llenaron de lágrimas. Su madre, de mi misma edad, se quedó embarazada con 18 años. En aquella época, ¡no quiero ni pensar que me hubiera pasado a mí!. Su abuela decidió quedarse con él, y fue adoptado por sus abuelos. La custodia perteneció a los padres de esta madre. Ella rehízo su vida, se casó y tuvo dos hijos. Pero se fue a vivir al lado de su primogénito.
El actual marido le cuenta a Damián, que su madre no puede dormir por las noches pensando en su hijo. Y Damián, me cuenta que no llama ni por el nombre de pila a su madre, porque quiere llamarla “MAMA”. Pero no sabe como.

Le dije que era fácil, llama a tu madre y dile que te invite a una cerveza y dile ( me recuerda a la canción de Luis Aguilé) exactamente la que quieres tomar, porque tu madre irá a la compra y te comprará la cerveza que a ti te gusta, y cuando vayas a su casa, parecerá un poquito más la tuya.
No me imagino, a esa madre llena de felicidad y lágrimas porque en su cesta de la compra lleva algo para su Damián. Snif…, ¡ pues , no se me cae otra vez la lágrima!.

Al día siguiente, llamó “su padre” y dijo que como era puente y el último día de clase que no venía.
Mi esperanza es que haya hablado con su madre, como así me aseveró.
Le di mi e-mail, y le dije que cuando quisiera escribirme ahí estaría para escucharle.

Llega el día de la madre, y él quería regalarle algo especial a la suya, pero no sabía el qué.
Le dije, que la preguntara por sus aficiones, sus miedos sus risas, su…..todo, y que lo sabría. Y por cierto, que lo mismo hiciera con su abuela-madre, durante todo ese tiempo y que la explicara sus necesidades emocionales. Que la hiciera otro regalo, pero el especial era el de esa madre deseosa de hijo.

Era miércoles, jueves o viernes, no lo sé, sólo recuerdo que regresé llorando a casa, con la música alegre de todos los días, en el coche, y con una plegaria: “¡Cuánto tengo que agradecer, por todo lo que tengo!”.

Mi pregunta es: ¿Qué es lo que tú te agradeces en tu día a día?